UN CUENTITO

UN CUENTITO

El Mesías del pueblo

Anónimo

En los pueblos chicos, las historias nunca terminan. Se cuentan una y otra vez, cambian un poco con los años, pero siempre conservan un corazón de verdad. Esta es una de esas historias.

Todo empezó una Semana Santa, cuando el cura del pueblo decidió organizar una representación viviente de la Pasión de Cristo. Participaba medio pueblo. Cada uno tenía un papel: los soldados romanos, los apóstoles, las mujeres que lloraban al paso de Jesús y hasta los vecinos que hacían de multitud. Para el papel principal eligieron al Flaco Garmendia.

Muchos se rieron. No porque actuara mal, sino porque el Flaco llevaba años diciendo que él era el Mesías.

—Yo vine a salvarlos —repetía.

Nadie le creía. Lo tomaban por loco. Él seguía con la misma serenidad de siempre, convencido de que decía la verdad. La representación fue impresionante. El pueblo entero acompañó el recorrido por las calles de tierra. El Gordo Velázquez hacía de soldado romano y se tomó el papel demasiado en serio. Empujaba al Flaco, lo golpeaba con el látigo de utilería y le gritaba como si de verdad estuviera llevando a un condenado al Calvario. Yo iba entre la gente. Cada vez que veía un golpe, quería acercarme a ayudar al Flaco.

—¡Aflojá, Gordo! —le gritaba.

Pero el Gordo me cerraba el paso con la lanza.

—¡No te metás! ¡Es parte de la historia!

Y yo tenía que quedarme mirando, con la sensación de que aquello ya no era una representación. Al caer la tarde, llevaron al Flaco hasta una vieja casona abandonada que hacía de Santo Sepulcro. Lo acostaron adentro y cerraron la puerta. El plan era esperar unos minutos y luego hacer la escena de la resurrección. Pero cuando llegó el momento de abrirla…

…el Flaco no estaba.

Pensaron que era una broma. Revisaron cada habitación de la casona, el patio, el sótano, el fondo. Nada. El cura empezó a inquietarse. Mandó a buscarlo por todo el pueblo. Después llamó a la policía. Buscaron durante horas, luego durante días. No apareció.

Y entonces empezó otra historia. Los vecinos comenzaron a decir que, tal vez, el Flaco había dicho la verdad desde el principio. Que era Jesús. Que había resucitado. Que había desaparecido porque había cumplido su misión. Los noticieros llegaron desde Buenos Aires. Vinieron móviles de televisión, periodistas, fotógrafos. Durante semanas no se habló de otra cosa. El pequeño pueblo fue noticia nacional. Con el tiempo, como ocurre siempre, aparecieron otros temas. Los canales dejaron de venir. El país siguió adelante. Pero en el pueblo nadie olvidó al Flaco Garmendia. Cada tanto, en una sobremesa o en la puerta del almacén, alguien decía:

—¿Se acuerdan cuando el Flaco decía «soy el Mesías, vine a salvarlos»?

Y el silencio duraba unos segundos.

Pasaron casi diez años.

Una tarde caminaba por la esquina de Santa Fe y Pueyrredón, en Buenos Aires. Había gente entrando y saliendo de los negocios, colectivos, bocinas, el ruido de siempre. En una ochava vi a un hombre pidiendo limosna.

Algo en su figura me llamó la atención. Me acerqué despacio. Estaba más viejo, mucho más flaco, con la barba larga y la ropa gastada. Pero había algo en su cara. Sentí un escalofrío.

—Flaco… ¿no me conocés? Soy Cesarito.